Pasando por la Gran Vía de Madrid, la presencia de varios mendigos que han hecho de la acera su casa, apenas da para que los transeuntes, quizá demasiado acostumbrados a verlos, echen una mirada furtiva sin dejar de pensar en sus cosas. Todos creemos que nuestros asuntos no merecen pararse por la vista de esas figuras, pensamos, medio deshumanizadas que se han descolgado de lo que llamamos normalidad social.
Pero un hecho fuera de lo normal, cuando pasaba al lado de uno de ellos, ya casi en la concurrida plaza de Callao, llena de pantallas gigantes y gente esperando ver los estrenos de cine, me ha hecho pensar.
Una niña de cuatro o cinco años, que iba con sus padres, ha soltado abruptamente la mano de la madre y se ha dirigido al mendigo tumbado y dormido en medio de la acera. Cuando la madre ha ido a recogerla con un "¿que haces Mariluz?Vamos, deja de mirar", la niña con la mayor naturalidad y espontaneidad le ha respondido: Mamá es que, este señor descalzo, parece que tiene un problema, ¿que hacemos?. Por supuesto, la madre, de un tiron la ha arrastrado hasta la otra parte de la acera y se la ha llevado mientras ella se alejaba con cara de incomprensión por lo que acababa de ver.
¿Será que al crecer, he pensado en ese momento, nos creamos una capa coriácea, como las tortugas, que nos impide ver lo que a una simple niña le parece tan natural, ayudar a un semejante?
No ayudar al caido es la mejor demostración de que algo no funciona en una sociedad. He venido hasta casa con un único pensamiento: y si un día caigo yo ¿que?.